Este enfrentamiento comienza con la presentación de los adversarios aunque ninguno llega a explicar su propio motivo. Es fácil, simplemente, sólo él sabe su particular motivo al igual que su rival. Después se preparan y empieza. Es todo un espectáculo verlo. Son tan fuertes como uno de esos árboles milenarios de algún bosque exótico.
Esa fuerza, esa fortaleza, esa capacidad de aguantar el bombardeo de dudas y fallos de conciencia, son dignas de admirar. Es increíble como se puede luchar tanto por lo que uno quiere. Luchar por alcanzar algo, a veces, inconcebible, ni siquiera imaginable.
Sólo ellos son los que realmente saben lo que es, tanto la lucha (tan dura como agotadora y larga) como la victoria.
La derrota parece algo inexistente al oír hablar de semejante espectáculo, pero sí, existe. Aunque estas especiales contiendas suelen acabar en rendiciones (una forma de acabar un poco extraña comparada con la gran intensidad de la lucha). Rendiciones que se producen por cansancio tras ese largo enfrentamiento; por dudas sobre si su motivo es suficientemente fuerte y grande cómo para sufrir el dolor de la lucha y el de la derrota. Es cómo no volver a ver el sol salir, estar condenado a una oscuridad insondable e impenetrable aunque temporal; derramar tantas lágrimas como esfuerzos realizados (una forma delicada para esos grandes luchadores) y soltar esa rabia por necesidad, como una manguera enganchada con un zapato (del enemigo), con agua acumulándose y a punto de explotar.
Del cuaderno de mis metáforas inconcebibles...





