viernes, 2 de noviembre de 2012

Para moder la vida


Sigo sin entender cómo los aviones, tan pesados y enormes, pueden volar tan ligeros como una pluma en el firmamento; sigo sin entender por qué el camino de vuelta siempre se hace más corto que el de ida; por qué el cielo de noviembre es tan precioso a las seis y diez de la tarde y tan oscuro a las ocho menos cuarto de la mañana; por qué sigo guardando las velas de mi décimosexto cumpleaños en mi habitación, ni mis fugaces momentos de locura; por qué la luz de casa de la abuela tiene una esencia que envuelve; por qué tengo la necesidad de contarle cualquier cosa a mi madre para rellenar cómodos silencios.

Hay muchas cosas que no entiendo y que sé que nunca, jamás de los jamases llegaré a entender. Soy muy simple y el horizonte está demasiado lejos para que pueda alcanzarlo. 
Me paso muchas horas persiguiendo realidades intangibles que satisfacen paladares ajenos pero con un regustillo en el mío; suelen ser salpicaduras de conceptos superficiales demasiado importantes para los papeles. Los días van tachándose de las hojas del calendario y ya son 10 los meses que las han arrancado con un embriagador tacto.
Una vez, entre minutos y años, busqué un poema que se preguntaba, confuso pero a la vez seguro, por qué quería a su amor, a su amado. No lo entendía... suponía que era por el tiempo, por el cariño, por las cosas vividas, por ser él. Concluía que no se lo volviera a preguntar más: no sabía responder. El amor es algo demasiado abstracto como para definirlo y, sobre todo, para entenderlo.
La verdad, yo tampoco sé por qué le quiero, o sí... es algo que va más allá, más profundo que el mundo de las Ideas de Platón o las causas de Aristóteles, es algo que ni la metafísica podrá nunca llegar a definir. 

Le quiero incansablemente porque él es el amor, es mi guía, es mi todo. No sé si consigo hacerme entender, porque ni siquiera yo lo hago. Solamente puedo decir que le quiero y para siempre.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El escorpión y la rana.

Debe estar en mi naturaleza eso de hacerme la fuerte delante de los que me quieren. Me empeño en disimular y sacar esa vieja sonrisa aparcada para los momentos de urgencia. Mis ojos están cansados de retener agua, mis manos, de aguantar un temblor insostenible. Supongo que siento que los demás necesitan más de mi que yo de ellos, sin darme cuenta que a veces, yo también me puedo sentir mal. 
Cada milímetro de esta insostenible sensación es recorrido por algo que sube, desde mi estómago vacío hasta el cuello, donde forma un nudo sutil, prácticamente escondido entre cuerdas vocales y laringes.
Me empujo a seguir sin mirar ni consecuencias ni causas, todo lo que ese guerrero sin armas, me hizo atravesar, largas guerras inútiles encarnadas en lágrimas de almohada me enseñaron a ser cómo aquél escorpión de la fábula, que no puede luchar contra su naturaleza.  Fuerte... ¿por qué el mundo se rebela contra mí para que intente serlo? ¿Es acaso ser fuerte desmoronarte cuando nadie te ve? Cuando tus más oscuros sentimientos bloquean tu atónito cuerpo quedando inerte, frío, chocando contra muros invisibles y cayendo a cada intento.
Un perdón no es lo que necesito. Necesito poder llegar a ser fuerte, pero de verdad, dentro y fuera de la batalla.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Días mojados de agua salada.

Un día cualquiera, la hora perfecta para que un día empezara a despertarse de verdad, sin nubes enormes y enfadadas tiñendo sus gafas del mismo color que su jersey, a conjunto con esas nubes deformes y irritándose cada vez más. El momento justo para hacer un paseo por un camino de campos verdes y sin respiración. El instante adecuado para hacer de la rutina, unos 3 minutos perfectos.

     - ¿Por qué tu y yo siempre nos encontramos bajo la lluvia?
  + Debe ser que nos gusta mojarnos.

es así, parece que volverá a llover, y será eternamete
Y así era. En días oscuros y desagradables les gustaba hacer de las suyas, no soltarse de las manos ni un segundo. Ser el único punto del planeta dónde brilla el sol, donde las nubes son caricias divinas de sus dedos sin uñas y suaves, donde las gotitas de agua, las infinitas gotas de agua, son lo que sienten el uno por el otro, porque en secreto esa era su mejor forma de seguir haciendo de manos frías, calientes abrazos, de amagos de sonrisas, risas exageradas envueltas en una manta caliente llena de sudores fríos de deseo.

Des de fuera (o mejor dicho, desde dentro) de ese recinto antiromántico los veían, tan dulces y perfectos como siempre, como si el resto del mundo no existiera, como si no estuviera  punto de sonar ese maldito crujir de hierros en varios tic-tacs de reloj. Los dos, ahí, solos en medio de la nada, acompañados solo por el gris de un día de lluvia, lleno de vida solamente para ellos.

El sol sintió envidia de esas dos personitas que brillaban por ellas solas en ese minúsculo punto de la Tierra, y quiso brillar él también saliendo a la superficie para respirar el aire que las nubes, ya más calmadas, le quitaban. Ahora, él ya no estaba. Ella, tampoco. El sol brillaba para todos, menos para ellos; lo suyo es la lluvia y los catarros de media mañana.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Bajo la lluvia, los besos saben mejor.

No acostumbro a hacer estas cosas pero reconozco que he actuado mal. Cuántas veces un silencio es más oportuno que 10000 palabras balbuceadas tontamente y con los ojos puestos en una estúpida pared helados por una brisa demasiado fría para el tiempo que es. Mi nariz huele cada milímetro de su cara, mis ojos revisan su mirada triste y angustiada provocada solamente por mi estupidez.
Mis párpados suspiran poder hacer el escáner de una habitación olvidada durante varios días para encontrarla exactamente como la dejamos: mis zapatillas (muy horteras pero comodísimas) puestas en cruz una encima de la otra, animales inanimados puestos en montón encima de una tela roja que adormece... Al cerrarse -mis párpados- ven otra imagen: un sol abrumador, radiante y lo más curioso es que tenía cara, de ojos claros, sonrisa grande y piel y pelo morenos. Por cierto, no era una estrella del inmenso firmamento, era él. El causante de mis locuras, el causante de que sea una bailarina o una atleta subiendo escaleras, que no pueda parar de reírme o que me sienta una niña pequeña a su lado. Quién me arropa de un frío de septiembre poco común o quién no me deja ni un segundo en la confusión de la noche.
Zas, otra imagen viene como un rayo a mi retina. Él. Yo, La playa desierta. Lluvia. Siento que sueño. Me tropiezo. ¡Dios, es real! Le beso (¡no puedo, ni quiero parar!). Quizás sea mi locura, quizá solo sea mi transformación cuando estoy con él que hace que pierda mi respiración y que con vanos intentos intente seguir la suya, tan pausada y larga; y es que desde que sé lo que es dormir con él creo que no hay cielo mejor, ni paraíso, ni cuentos de princesas. Mis mejores deseos se disolvieron al tener su pecho desnudo como cojín, al tener sus pies rozando mis sábanas que ahora, cada noche lloran su ausencia y lo llaman a gritos reclamando su dulce perfume de invierno con esencias de almendros y flores en caminos conocidos. Cada segundo que vivo tiene más de la mitad de su duración algo relacionado con él, porque hasta un simple chaparrón tiene para mí más significado que cualquier regalo. Prefiero estar con una sudadera y pantalones cortos bajo un cielo oscuro en mi terraza con su dulce sabor  en mi boca que cualquier millón de vanas e idiotas promesas. Siento que mi vida se va si no estoy con él, que pierden sentido mis días si al pasar mediodía aún no me ha deseado un buen día, que nuestros amigos nos sienten suyos y su fuerza en mí hace que yo sea capaz de afrontar mis peores males con una sonrisa en la boca. Vivo por él, y no dudo en decirlo. Lo necesito cada vez más y no entiendo mis tonterías de chica mimada, estúpida y egoísta. 
Soy de las que creen que en el amor, no hay perdones que valgan... si quieres a esa persona no hace falta pedir perdón, automáticamente se olvida sellándose con un dulce beso. Aun así un me sabe mal no está de más. A mi que nunca me pida perdón, no hay nada que perdonar. Te quiero mucho más de lo que cualquier poeta ha podido escribir jamás.



[Caminemos por la arena eternamente, por favor]

miércoles, 8 de agosto de 2012

Adiós, agridulces 16.

Un pez que se muerde la cola, una espiral sin fin, como una caracola. Es algo que nunca nadie podrá explicar; la sensación de envejecer de manera instantánea a la de crecer.
Cómo dijo el sabio: la vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes, y no hay nadie que haya podido ni podrá superar la razón que tiene esa máxima. Nos preocupamos demasiado por cosas superficiales: qué pensaran, por qué no me han dicho nada, tengo que ganar ese partido... Cosas que al fin y al cabo, dentro de 2, 5 o 100 años no vamos a recordar, ni siquiera recordaremos el motivo que nos empujó en su momento a actuar de una forma u otra. No recordaremos qué pensábamos cuando teníamos esa edad de la que, en una mesa redonda, llena de gente amiga, a la que quieres, nos pongamos a hablar de nuestras juventudes. Queramos o no, los que estén en esa mesa serán los que sobrevivieron a ataques de nervios, de risa, de lágrimas y de locuras; los que sobrevivieron a un déjame en paz, ahora no quiero o a un ven que te voy a dar un achuchón que te dejaré sin respiración; los que te supieron abrazar para que te sintieras arropada sin tú pedirlo; los que te pidieron muchos favores, pero que con el tiempo te los devolvieron todos o incluso aún no te han devuelto ninguno, pero sabes (algo de dentro de ti te lo grita) que cuando estés en una piscina de olas a punto de ahogarte van a estar ahí para sacarte sana y salva de una asfixia parecida a otras que no implican agua.
Hablo des de la distancia, cómo si en vez de una década y poco más , tuviera 50 años y ya tuviera la vida hecha y ya solo me limitara a adorar la familia, los amigos, el trabajo y todo lo que, de verdad (de la buena) vale en este sendero.
Pero aunque me sé la teoría y sé que algún día podré en práctica todo lo que he dicho, hoy por hoy, reconozco que soy incapaz de conocerme a mí misma y buscar en mí lo que creo que debe valer la pena. Hoy, reconozco que estoy más preocupada por esa visión que tengo de todo un año.. y es que TODO ha cambiado tanto... Llevo más de tres años viendo como el mundo -mi mundo- ya no es él, se ha transformado y se está convirtiendo en un ejercicio de retentiva en el que tienes que controlar las personas, momentos, instantes que van entrando y saliendo de una minúscula casa, sin olvidar ni un momento quién o qué ha salido o si se ha quedado en la entrada, sin querer salir, pero a punto de hacerlo. Recuerdo perfectamente quién había en un principio, quién de ellos decidió marcharse y quién quedarse, aunque con unas condiciones que no son las que me gustaría (mi cabeza es incapaz de asimilar tanto cambio). Recuerdo cada instante, cada baile, cada risa, cada lágrima, cada abrazo vivido a su lado. Sé que a millares de kilómetros reconocería su tacto, su caminar o su voz y sé que ellos igual. Todo ha cambiado sí, pero la vida nos ha enseñado a todos que quién no quiere no olvida, y yo no estoy dispuesta a olvidar nada de ellos, de mis pequeños malvividores.
Del mismo modo que no olvido esos habitantes de mi corazón, no me voy a cortar al decir que hay nuevos compañeros en él y que rápidamente se han asentado en él, se han encontrado cómodos en el sillón de mi tambor. Han entrado tres pequeñas muñequitas que me han curado todas las heridas que me he hecho en todas mis caídas durante el año (sí, ¡un año!), me han puesto una mantita encima en esas horas interminables llenas de palabras resonando en nuestras cabezas y me han abanicado bajo un sol abrasador; han caminado junto a mí en largos pasillos blancos y hemos comido helados y crepes y pizzas sin preocuparnos de las calorías de las que unas vamos sobradas y otras van tan faltadas. Hemos hecho de canciones, NUESTRAS canciones y locuras, muchas locuras en una salsa llena de risas y abrazos, tonterías y alguna que otra lágrima.
En una de estas entradas he encontrado lo mejor que tengo la suerte de tener: la suerte de mi vida. He encontrada a ese ÉL que tanto muestran en las películas y que todas las princesas de mis cuentos de pequeña tenían. He encontrado a mi mejor amigo, a mi hombro en el que llorar y en el qué poner la cabeza cuando tengo sueño; el motivo de mi sonrisa y de mis locuras; el que me lleva a la luna solamente con su voz susurrada a mi oído; con él que pasaría la eternidad, y al que nunca podré terminar de darle las gracias por soportarme hasta cuando ni yo puedo verme.
Entre tanto cambio, los hay de otro tipo... dos (o mejor dicho, tres) velas van consumiéndose lentamente ante mis ojos y mi impotencia. Cada segundo que se come el reloj es una chispa menos en su fuego, es el humo transportado por el viento tan lento, tan impassible.
Hoy al levantarme no he encontrado ningún folio felicitándome, no he encontrado un abrazo camuflador detrás de la puerta ni un beso dulcísimo después de desayunar... Puedo empezar a intentar asumir que las cosas han cambiado y que yo.... yo, he crecido.


[perdón por si la entrada es muy larga... la necesitaba]