jueves, 22 de septiembre de 2011

I was made for loving you baby...

                         

 Los días ya se han acortado, el sol no brilla hasta las diez de la noche, ahora prefiere irse a dormir más pronto, como yo. En este momento, me asomo a mi ventana y aunque enfrente solo tenga casas extendiéndose por todo el pueblo, veo que aún queda un poco de ese precioso verano ya esfumado, lo noto en el ambiente.
Pensándolo bien, no es de ese verano del que detecto estos restos, son de algo que surge de mí, de dentro, algo que me empuja a sonreír sin más, a tener ganas de bailar y chillar, de ir a pasear, de ir a ver a mi familia y decirles que en estos momentos estoy contenta, de cantar canciones que no me sé y dejar de estudiar para ponerme a bailar como una loca enmedio de mi habitación una canción que ni siquiera me gusta sin pensar que tengo las persianas abiertas de par en par y puede (como otras veces) que mi vecino me vea. Hoy, sinceramente, me da igual. Todo me da igual.
Tengo ganas de rockear toda la noche y tener fiesta cada día (I wanna rock 'n roll all night, and party every day!). Hoy más que nunca he enloquecido escuchando a Kiss.
Quizá toda esta explosión de ¿alegría? sea un error, puede que me esté equivocando, pero quiera o no, ha sucedido y seguramente se repetirá, y sí, lo acepto, quiero que se repita. Extrañaba la sensación de estar en mi mundo, con mi música (no muy habitual entre mis amigas), con una voz en mi cabeza y una imagen en mi mente: un vídeo que se reproduce y al acabar vuelve a empezar.
Sí, mi mundo, cuando estoy contenta, es salvaje, rockero en el que su banda sonora sería de AC/DC, KISS, Guns 'n Roses... Aunque puede que a simple vista no sea muy correspondiente con mi imagen, pero, sí lo es y me encanta que sea así.
Puede que haya vuelto a caer (en su red), sé que tengo que poner los pies en el suelo. Aunque mi mundo sea volador y celestial, iré con pies de plomo. Tendré cuidado. Lo prometo. Pero no puedo evitar estar feliz.

                           

lunes, 19 de septiembre de 2011

Deseos vanos e inútiles de un lunes por la noche.

Sola; mi única compañía es la vieja y destartalada bicicleta de mi madre. 
Me gusta tanto ir en bicicleta, es tan noble... qué pena que no le haga cogido el gusto hasta este verano, es magnífica la sensación de avanzar rápida y lentamente a la vez.
Ya es de noche aunque todavía queda algún vestigio de lo que ha sido un día extraño... acogedor pero distante (como él, hoy). Un contraste encantador, sin embargo, también confuso; como un cubito bajándote a toda velocidad por la espalda en pleno 12 de agosto.
Sintiendo el viento en la cara y viendo como me aparta mis largos y secos cabellos de la cara sólo pienso en si podría cruzarme con él en alguna esquina de nuestro silencioso y a la vez agitado pueblo, solo en si existe esa mínima posibilidad. Deseo verlo en una de esas calles oscuras apenas iluminadas por cuatro farolas de mala muerte que desprenden una siniestra luz, calles que un día nos vieron pasear juntos, cogidos de la mano, riendo y con algún que otro dulce beso.
Pienso: al verlo, me pararía, le miraría a esos ojos marrones tan cálidos en los que me perdería más de lo que me gustaría, pero ahí me paro, en mi imaginación no puedo ver que haría más, no lo sé.
Lo veo cada día pero me estoy dando cuenta de que mi droga es su sonrisa, esa de niño travieso y pasota que durante un tiempo me trajo de cabeza; pero sus cambios me descolocan. Consigue convencerme y al cabo de dos minutos la opinión que acaba de formar se esfuma, cómo el agua que dejas al sol en verano. O como un castillo de arena derrumbado que parece haber caído con él la ilusión de grandeza de un chiquitín que ha tardado algunas horas en construirlo.
Esos abrazos fugaces y esas palabras al oído tienen que pesar más que su inestabilidad, tienen que hacerlo.
Su rostro, sus manos, su olor... Sí, definitivamente, yo también creo que le echo de menos.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Mi pequeñín

Un chico medio dormido viene hacia mí y se tumba en el sofá marrón que hay a mi lado, el grande. Se queda bien estirado y parece que se quiere volver a dormir, ayer trasnochó
Me quedo mirándolo y pienso en cómo en todos estos años lo he visto reír, llorar, jugar, disfrutar de una vida que más de una vez lo ha golpeado fuerte
Él no es tan fuerte como el golpe que nos ha asestado cierto personaje pero ha demostrado ser el hombre de la casa, de la familia. Ha sabido disimular cuando estaba totalmente derrumbado por dentro, cuando sus entrañas se retorcían de dolor y ha preferido llorar a solas porque sabe que si yo le veo lo intentaré consolar, me preocuparé por él y haré todo lo que esté a mi alcance para que esté bien. Él no quiere eso, quiere demostrar que él también sabe seguir adelante, por muchas trabas que encuentre en el camino, y lo ha demostrado en más de una ocasión.
Aunque la mayor parte del tiempo estemos picados, enfadados, con ganas de venganza por un insulto o una vacilada, sé que ni él ni yo podemos vivir el uno sin el otro, formamos parte de un mismo todo.
Tímido y pesado a la vez, cantarín y charlatán, magnífico jugador de fútbol y merengue hasta la muerte. Y, según creo yo, un futuro ligón.
Hoy hace catorce años que esta personita entró en mi vida y no podría estar más agradecida de que alguien quisiera traerlo a este precioso mundo y sobretodo el poderlo tener a mi lado siempre. Le quiero mucho, aunque no me deje demostrárselo.


¡FELIZ CUMPLEAÑOS HERMANITO!

martes, 13 de septiembre de 2011

Lucha de titanes.

Una lucha de titanes se produce cuando los contrincantes de esta no aflojan ni ceden un mínimo milímetro. Ambos tienen algo que ganar y están dispuestos a lo que sea por conseguirlo. Los dos tienen un motivo suficientemente grande para luchar y al final vencer al enemigo y poder quedarse con la gloria y la satisfacción de haber ganado a ese gran rival y además quedarse con el objeto o causa de esa lucha napoleónica, como conseguir encontrar una linda flor en medio de un funesto campo segado por un calor asfixiante.
Este enfrentamiento comienza con la presentación de los adversarios aunque ninguno llega a explicar su propio motivo. Es fácil, simplemente, sólo él sabe su particular motivo al igual que su rival. Después se preparan y empieza. Es todo un espectáculo verlo. Son tan fuertes como uno de esos árboles milenarios de algún bosque exótico.
Esa fuerza, esa fortaleza, esa capacidad de aguantar el bombardeo de dudas y fallos de conciencia, son dignas de admirar. Es increíble como se puede luchar tanto por lo que uno quiere. Luchar por alcanzar algo, a veces, inconcebible, ni siquiera imaginable.
Sólo ellos son los que realmente saben lo que es, tanto la lucha (tan dura como agotadora y larga) como la victoria.
La derrota parece algo inexistente al oír hablar de semejante espectáculo, pero sí, existe. Aunque estas especiales contiendas suelen acabar en rendiciones (una forma de acabar un poco extraña comparada con la gran intensidad de la lucha). Rendiciones que se producen por cansancio tras ese largo enfrentamiento; por dudas sobre si su motivo es suficientemente fuerte y grande cómo para sufrir el dolor de la lucha y el de la derrota. Es cómo no volver a ver el sol salir, estar condenado a una oscuridad insondable e impenetrable aunque temporal; derramar tantas lágrimas como esfuerzos realizados (una forma delicada para esos grandes luchadores) y soltar esa rabia por necesidad, como una manguera enganchada con un zapato (del enemigo), con agua acumulándose y a punto de explotar.


Del cuaderno de mis metáforas inconcebibles...

viernes, 9 de septiembre de 2011

Constante y frustrante antítesis.

Otra incertidumbre entra directamente en su cabeza para acabarla de enloquecer


Intenta aclararse. No pude.
Lo vuelve a intentar: se para, respira, reflexiona, piensa, habla. Ya está. Más o menos sabe lo que quiere, pero desea estar completamente segura y pide opiniones (le gusta).
En un encuentro de opiniones, otra vez sus esquemas se desmoronan, se deshacen completamente en letras que vuelven solitas a casa.
Alguien le ha dicho lo que ella cree que piensa realmente y no  lo que sus pequeños oídos quieren escuchar. Puede que esas punzantes palabras para su corazón tengan la razón que la misma razón le quiere dar: "El corazón tiene razones que la razón no entiende" (es una enamorada de esta frase).
No tiene muy claro lo que siente pero no quiere que sea así, quiere estar segura. Quiere que la razón de esas palabras caiga, no exista y se reencarne en las palabras de ese chico raro de la moto negra, roja y líneas blancas.


Vuelve a dudar. Cada vez que parece tener algo claro se da contra esa chocante pared (algunos lo definen como cruda realidad, aunque no sería el caso) porque cree que a lo mejor no es lo correcto, que va a sufrir (cosa inevitable, por otra parte).


Lo que tiene en verdad es miedo. 
Miedo a fracasar. Miedo a triunfar. 
Miedo a perderlo. Miedo a tenerlo. 
Miedo a hablarle. Miedo a no hablarle. 
Miedo a que la palabra "T'estim" salida de sus carnosos labios sea verdad. Miedo a que esa misma palabra sea mentira. 
Miedo a él
Miedo a sentirse querida por no sentirse despreciada después.


Los errores son errores y dicen que se aprende de ellos. Ahora me pregunto ¿cuál sería mi error si hiciera una  u otra cosa?